LA PINTURA HA MUERTO, ¡LARGA VIDA A LA PINTURA!
Existe una proclama crónica y recurrente que anuncia enfáticamente la muerte de la pintura, un gesto redundante y ritual que, desde hace más de un siglo, acompaña cada ruptura que desafía el convencionalismo de una generación que se enfrenta a los nuevos paradigmas de expresión que surgen inevitablemente con la evolución de los medios en los que el arte se manifiesta.
Son muchos los obituarios que la crítica ha escrito, prediciendo su obsolescencia, necrologías inspiradas por el devenir de las nuevas tecnologías que incitan a marcar el fin de un medio históricamente considerado como el vehículo privilegiado de la representación y la verdad. Sin embargo, y a pesar de las proclamas que enfatizan su vetustez y su inevitable deceso, la pintura persiste, no a pesar de estas transformaciones, sino gracias a ellas. Declarar la muerte de la pintura es soberbiamente reconocer el agotamiento de una función histórica particular; proclamar su supervivencia es reconocer su resiliente capacidad de reinvención y su inmortalidad misma.
La pintura, en todos sus manifiestos, se convierte en un espacio de resistencia frente a la desmaterialización y a la urgente exigencia que impulsa la aceleración de la cultura visual contemporánea, que se fundamenta en imágenes que circulan instantáneamente y se desvanecen con la misma rapidez con la que aparecen, La pintura existe en la permanencia, en la reflexión y en la ralentización del tiempo que la contemplación exige, oponiéndose a las efimeridades que rigen la identidad de esta era digital. La pintura se resiste a la economía de la inmediatez, a la redundancia de la imagen binaria y al asombro convertido en hastío, ofreciendo una contratemporalidad que se opone con vehemencia a la impaciencia y la prisa.
El poder de la pintura reside en su visceralidad, en su vulnerabilidad, en la inefable irreductibilidad de su condición humana marcada por la espontaneidad, lo sutil, lo estridente o lo sublime. En una era cada vez más mediada por algoritmos y procesos inmateriales, la pintura sobrevive y se antepone pasionalmente al edicto “¡La pintura ha muerto!» y, con cada declaración de su pretendido fin, retorna siempre victoriosa, enunciando nuevos lenguajes visuales, resistiéndose a las evoluciones lineales y a los monumentales “progresos” tecnológicos, llevándonos a arengar a viva y firme voz:
«¡Larga vida a la pintura!»
Febrero 1, 2026


