Es imposible que nada suene, porque incluso en una cámara anecoica, podemos escuchar nuestro sistema circulatorio (John Cage), y en el lugar más silencioso, la frecuencia de la luz eléctrica de un foco se puede percibir, pero ¿qué pasa cuando todo suena y hay demasiados sonidos? ¿podríamos alienarnos y dejar de escuchar?
El espacio y el contexto, así como nuestra disposición por escuchar, son elementos esenciales en nuestra manera de posicionarnos en el mundo. Las paradojas que Julia Bejarano lanza en esta exposición, son para que reflexionemos y tomemos consciencia, y para abrir aún más ese universo de escucha a todas las posibilidades existentes.
A Julia le interesan los desplazamientos, recorrer todo tipo de territorios, incluso los siderales en donde no hay sonido. En una de sus obras constituida por imágenes de la tierra, la artista se aleja a pasos agigantados de ella, encontrando nuevas palabras y metáforas de ese hogar de color lapislázuli que se va quedando cada vez más lejos. Otro de sus territorios recorridos son los surcos de un vinilo, en los que evoca cascadas aparentemente eternas, porque el flujo del agua no para nunca, pero ese flujo es finito cuando la aguja del tocadiscos llega a un borde.
Los territorios se miden por distancias, ya sean terráqueas o siderales, y estas se pueden equiparar a duraciones sonoras y longitudes de onda (frecuencias). Julia juega metafóricamente fragmentando reglas para medir, e imaginando que, aunque los límites de la escucha hacia los agudos y los graves estén dados por la constitución de nuestro oído, estos en realidad no existen.
Por otro lado, el fenómeno de la resonancia y la creación de dispositivos acústicos, que nos recuerdan los artefactos del polímata Athanasius Kircher, son medulares en la exposición, porque si no hay cuerpos resonadores, el sonido casi no existe. El diseño de una caja resonante que representa la cabeza de la artista sería el resonador ideal para poder vibrar con su entorno, pero ella va mucho más allá, trabajando con caracolas y espirales acústicas (caracola=oído), y creando distintas obras en las que desarrolla poéticamente la necesidad de resonar con el mundo, y entre nosotros mismos.
Finalmente, además de las distintas escuchas, de la ausencia de límites y del siempre resonar, la artista evoca un estatismo en movimiento en dos obras sónicas que están en continua suspensión, en las que parecen desaparecer los límites del tiempo, y en donde nos fundimos con la vibración.
Manuel Rocha Iturbide - Curador


